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EL LOBO Y LA LUNA CUMPLE UN AÑO

HOY HACE UN AÑO QUE COMENCÉ LA ANDADURA "BLOGGERIL" CON elloboylaluna Y ESPECÍFICAMENTE CON UNA NOVELA REGISTRADA QUE VERSA SOBRE LA PSICOPATIA, LAS NOCTURNIDADES DE DON ARTURO DEL GRIAL, LA QUE, AQUELLOS INTERESADOS, PUEDEN SEGUIR EN UNO DE MIS OTROS BLOGS: http://delgrialyvalledigno.blogspot.com.
PARECE QUE FUE AYER. Tempus Fugit

POR ESTE MOTIVO, HE DECIDIDO REPONER LOS DOS PRIMEROS CAPITULOS DE LA OBRA.
UN SALUDO A TODOS Y HASTA SIEMPRE.
Egosum

Capítulo Primero
Introito
Domingo, 30 de Enero del 2.005
UNAS NOTAS SOBRE EL QUE ESCRIBE
Y EL MOTIVO POR EL QUE LO HACE
He escrito muchas cosas antes y lo que sigue lo hago por la razón de siempre, por egocentrismo. Soy un ser vanidoso, narcisista y prepotente, características todas de aquello que para mí es virtud y para los demás una abominación (si bien habría que hacer más de un matiz al respecto). Desde luego no soy un hombre cordial, ni sensible, ni políticamente correcto.A despecho de que socialmente sea un individuo adaptado, un ciudadano ejemplar, bajo la apariencia de bonhomía vive el individualista, el misántropo, aquel que desprecia a sus congéneres y los tiempos que vive. Soy, en realidad, una mala persona, aunque pensándolo bien no debo ser tan malo cuando a veces me siento culpable y esporádicamente me invade un espíritu quijotesco que me lleva a preocuparme y tomar la pluma para denunciar los horrores de mi época y las injusticias sin freno que sufre esta patética humanidad. Pero son momentos fugaces, que apenas ondean en ese mar tenebroso que agita mi alma.Aparte de ciertos asuntos, pocas cosas llegan a despertar mi interés y son escasas las ocasiones en que el día a día me provoca alguna excitación. Aparte de mis cuatro amigos –porque la soledad siempre es una comunidad Interpares- , hace muchos años que ninguna persona llegó a impresionarme lo más mínimo. Por ello, nunca pensé conocer a alguien que me superase en mi malcontento y desprecio por el mundo, como sucedió ayer.He decidido escribir sobre el particular y persistir en esta tarea si le veo de nuevo, como ha prometido. En realidad, me conmovió porque nos parecíamos mucho y aún me superaba en mis mayores defectos. Así, que escribiendo de él lo hago de mí mismo, que ya es bastante. No pierdo ocasión para alzaprimar mi vanidad.Paso, pues, a relatar lo que sucedió ayer por la noche:“Cuando terminé de trabajar, me quedé un rato leyendo en mi despacho. Eran las ocho y media pasadas y afuera, la noche era cerrada y el frío intenso. Pensé que gozaba de un privilegio al poder estar en ese lugar sellado, mi biblioteca, fumando un pitillo y leyendo un buen libro antes de que mi madre me avisase para le cena. La casa estaba en silencio, salvo sus apagados pasos en el piso de arriba. Tenía encendida solamente la lámpara de mi escritorio, de manera que, aunque suficiente para leer, la luz era escasa en la habitación y más allá de donde me encontraba sentado, todo permanecía en semipenumbra. Entonces vi que alguien se había sentado en el sillón de enfrente. Debí tenerlo, pero no sentí miedo, aunque me extrañaba mucho su aparición, que se hubiese introducido en la casa y sentado ante mí sin que me apercibiese de su presencia. A decir verdad, nada oí, ni el ruido de la puerta al abrirse, ni siquiera el sonido de unos pasos. Carraspeé, me impuse serenidad, y levanté los ojos. Lo primero que vi fue una mano anillada, cuidada, fuerte, que se apoyaba sobre la rodilla, un doble puño blanquísimo con gemelos de oro, y el brillo peculiar de una corbata de seda, muy oscura, casi negra. Después, sobre el nudo, una mirada profunda y lobuna.Respiré lentamente y encendí un pitillo, el tiempo necesario para mirarle una segunda vez, con mayor detenimiento. Un aire de contención se replegaba detrás de sus ojos negros, demasiado densos, en una cara rígida e inexpresiva, que no obstante, pese a ser un completo desconocido, me resultaba tremendamente familiar. Lucía una recortada perilla, patillas finas y largas y llevaba el pelo, oscuro y lacio, recogido con una coleta. Ya me había sobrepuesto a la impresión inicial y le dije que no era hora de visitas.Me contestó que no importaba, que cambiaría de opinión cuando oyese lo que tenía que decirme. Su voz sonaba áspera, pero perfectamente modulada, y profunda, como surgida de un mundo primitivo y umbrío. Pese a su marchamo de perfecto caballero, cualquiera se hubiese sentido perturbado ante la gravedad de aquel personaje, ante sus rasgos inquietantes, pero insólitamente yo no tuve el menor desasosiego.Así que pensé que lo más aconsejable consistía en seguirle la corriente y esperar que se fuese pronto y sin el menor percance, aunque he de confesar que me sentía cada vez más interesado por aquel sujeto. Me arrellané en la butaca y esperé a que hablase. Lo que me dijo, bueno, se lo contaré otro día, tal vez mañana."

CAPITULO II
UNA MERA CUESTION DE EQUIVALENCIA
Con voz infatuada me dijo que había cometido las mayores atrocidades que cabía imaginar en un hombre, que incluso pondrían los pelos de punto a un tipo como yo, el muy absurdo, como si me conociera de algo. No le contesté sin embargo, después añadió que el dolor y la sangre constituían el alimento de su alma, la razón de su existencia y, como cabía esperar, que nunca le habían conmovido. Los demás no eran nada, se refirió a ellos como ovejas en el matadero. Había venido a hablarme de ello. El tono de sus palabras, duro, su ritmo lento y monocorde, escapaban de una boca sensual, de dientes perfectos, en una cara que no reflejaba la menor emoción. Lo primero que pensé, la hipótesis más simple, estribaba en que me encontraba frente a un payaso, que además estaba loco. Me inquieté un tanto, pero me tranquilizó tener el nueve largo de mi padre en el cajón superior derecho de mi escritorio. Esperaba no tener que echar mano de él. Permaneció unos segundos mirándome fijamente, calibrando posiblemente el efecto de sus palabras. Si él era mármol, yo era lo mismo, tal cual mi voz cuando le apunté la contingencia de poder denunciarle. Con una sonrisa sardónica esta vez, me contestó que estaba seguro que no lo haría y, al inquirirle sobre el motivo, agregó que yo amaba demasiado el conocimiento para perder lo que me podía brindar un caso como el suyo. Su tributo se reducía a la excitación de su vanidad, que no era poco, teniendo en cuanta quien yo era. Además, como cualquier gran criminal, la contingencia de ser descubierto constituía otra recompensa que era incapaz de rehusar.Entonces le manifesté mi intención firme de denunciarle, si tenía motivo para ello. El me respondió que, en ese caso, ante la mínima sospecha, me mataría. Se hizo un silencio granítico, que duró casi un minuto y, contra todo pronóstico, tuve en aquel momento la convicción de que, en aquella entrevista, nada sucedería entre el energúmeno y yo. Aún así, le pregunté porqué me había elegido a mí y el se limitó a decir que se trataba de una mera cuestión de equivalencia. Sin decir nada más, ante mi total estupefacción, se levantó del sillón y salió del despacho. No oí cerrarse la puerta principal de la casa.No he dicho mi nombre. Soy Arturo del Grial y él, Dios del cielo, dijo que se llamaba Morgano, Lanzarote Morgano.

de Desconocido

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El estudio del profesor Woodger, su sancta sanctorum, era una auténtica catedral del saber. Miles de volúmenes nutrían la impresionante biblioteca y los diplomas y títulos casi que no cabían en las paredes. No se echaban en falta las colecciones de minerología y entomología, tan del gusto de los naturalistas ingleses, así como el magnífico microscopio de la casa alemana Zeiss, el cual había sido compañero inseparable en el trabajo de aquel científico eminente. Como contrapunto, el tubo reluciente de un telescopio junto a una ventana abierta, dirigía su ojo escrutante hacia el universo. El hombre que bregaba diariamente con los misterios de la vida microscópica, se deleitaba, de vez en cuando, dirigiendo su mirada inquisitiva a los amplios espacios siderales.
Me entretuve admirando todas estas maravillas mientras el mayordomo avisaba al dueño de la casa de mi llegada. Al cabo de poco, entró sir Archibald acompañado de un caballero de elevada estatura, hirsuto pelo rojo y barba montaraz, con la mirada viva del hombre acostumbrado a la aventura y a los grandes riesgos. Nunca creí tener el gran honor de conocer a una de las figuras señeras de la Quiropterología. Axel van Vooren, cojeaba visiblemente, lo cual no era de extrañar en un hombre que había recorrido la Tierra de punta a punta, enfrentándose a ingentes peligros y padeciendo numerosas privaciones.
Después de la presentación de rigor, sir Archibald nos invitó a tomar asiento. Hecho esto, encendimos unos buenos cigarros y saboreamos un wisky escocés que, minutos antes, el buen Paxton había traído en una hermosísima bandeja de plata.
Entonces, el ínclito helvecio, como el profesor que se dirige a sus alumnos, tomó la palabra:
-Empezaré hablándoles de Centroeuropa, pues es un lugar que pocos conocen debidamente, además de representar el marco en el cual se desarrollaron los acontecimientos -dijo-. Les ruego que cuanto les diga a partir de este momento, quede en el más absoluto secreto.
Asentimos y añadió:
-Perfecto. Me han dado su palabra de que mis confidencias serán respetadas y ahora estoy dispuesto a narrarlo todo sin omitir el menor detalle.
Tomó un sorbo de licor antes de continuar.
-Ya saben ustedes que hace dos años hice un viaje a cierto país con la doctora Zojuss, a fin de verificar sus conclusiones sobre determinado asunto. No he de negarles que, en un principio, juzgué toda aquella empresa con un vivo escepticismo, pero durante nuestra estancia allí acaeció un incidente que dio al traste completamente con mis reservas. A la par, se abría para la ciencia, una línea de investigación totalmente inexplorada, virgen. Determinadas regiones de Hungría, Rumanía, Polonia, Checoslovaquia y Bulgaria, solo han sido exploradas parcialmente e inclusive algunas de ellas no figuran en los mapas. Nuestro objetivo consistía en visitar una comarca retirada y prácticamente desconocida y, una vez establecidos, examinar la fauna, preferentemente el orden Quirópteros. Tras largas jornadas de trabajo, no sucedió nada especial. Sin embargo, cuando se cumplieron dos meses de nuestra llegada tuve, junto con la misma doctora y el profesor Tarsky, la oportunidad de ver una criatura extraordinaria y de la cual nada sabíamos los científicos. Tuve la inmensa fortuna de ver a ese gran murciélago que tantos dolores de cabeza trajo a la doctora Zojuss.
-Es sorprendente -admití, sin poder ocultar mi emoción-. Tengo que confesar que sus declaraciones me desconciertan, profesor.
Van Vooren sonrió satisfecho mientras se atusaba, refocilándose, la espesa barba colorada. Dijo seguidamente que, a pesar de la distancia que les separaba del animal y de la noche, éste era, sin duda ninguna, mucho mayor que cualquier Megaquiróptero como, por ejemplo, el Ptropus y el Hypsignatus Monstruosus, que es el de mayor envergadura entre los especímenes conocidos y reconocidos por la ciencia. No obstante, había que descartar este suborden, dado que viven en la zona tropical del Viejo Mundo. El gran tamaño del animal, excluía toda consideración de los Microquirópteros, Rinolofoideos, Filostomatoideos, Molósidos y Embalunoroideos.
-Los Vespertilionoideos podrían ser buenos candidatos, siempre y cuando considerásemos principalmente el factor geográfico. Empero, como todos sabemos, esta superfamilia, la más numerosa entre las conocidas y que subsume a la mayoría de los murciélagos europeos, no cuenta en sus filas con un ejemplar semejante.
-¿Entonces? -inquirí.
-Entonces, amigo mío, hemos llegado al terreno de las hipótesis.
Como es frecuente cuando los hombres de ciencia se reúnen, nos enzarzamos gustosamente en una luenga conversación técnica, de la cual expondré a continuación un sumario de los puntos más interesantes que fueron debatidos en aquella tertulia inolvidable.
Según van Vooren, podían admitirse varias líneas especulativas, todas ellas perfectamente razonables. En la primera de ellas, se defendía que el Vampyrus Magnus -como acertadamente le bautizó la doctora Zojuss- era una radiación evolutiva de reciente filogénesis, aunque desconocida y, por tanto, en el presente sin catalogar. Como segunda alternativa, se podría pensar en alguno de los representantes de los Megaquirópteros de gran tamaño que, por un motivo totalmente desconocido, consiguió llegar a Europa desde su lejano lugar de origen.
-La tercera hipótesis es la que yo defiendo. Afirmo que el Vampyrus magnus es un murciélago primitivo, el más arcaico entre todos los especímenes existentes, un animal que ha sobrevivido hasta hoy desde tiempos prehistóricos porque en aquellas regiones se dieron las condiciones adecuadas.
He de confesar que quedé hondamente conmovido ante estas afirmaciones aventuradas, absurdas a mi modo de ver, y traté de adoptar el aire más cortés que me fue posible cuando dije:
-Eso es, sencillamente, imposible.
-De todos modos, no creo que el problema sea tan grave -contestó van Vooren sin apenas inmutarse-. Simplemente estamos ante el ancestro de los actuales quirópteros.
El profesor se mantenía firme en su teoría. Era de esperar que se reafirmase vehementemente como acababa de hacerlo. Aunque el hecho fundamental no era la validez de su postulado, sino la existencia objetiva del murciélago, no pude evitar experimentar cierta fascinación por su tesis y seguirle la corriente. Pese a mis reservas, sería interesante ver dónde acababa aquello. Sabía muy bien de las excentricidades de los eruditos, pero lo que estaba viviendo me pareció, francamente, algo fuera de todo límite.
-En modo alguno es mi intención ofenderle, profesor, si le digo que contemplo la panorámica de la evolución natural tal como la interpreta la ciencia. Veamos: tenemos un globo terráqueo primigenio, una masa inmensa de gas incandescente. Después, sobrevino el enfriamiento, la solidificación y el plegamiento de la corteza, que dio lugar a las montañas. El vapor se convirtió en agua y paulatinamente fueron apareciendo las condiciones necesarias para el origen de la vida. Es lógico que los gérmenes de la vida no hubiesen podido sobrevivir al calor original, de modo que su aparición tuvo que ser, por fuerza, más tardía. La vida surgió, en último término, de los elementos inorgánicos del globo en constante proceso de enfriamiento.
Así llegué inmediatamente a la gran escala del reino animal, que comenzó con los moluscos y otros biontes marinos de pequeño tamaño. Después aparecieron los reptiles, que se extinguieron mucho antes de que la humanidad hiciera su aparición en el planeta. Junto con otros filum evolutivos, el Homo sapiens sucedió a los grandes saurios, lo mismo que la totalidad de los animales que ahora conoce o desconoce la ciencia. De lo que no cabía duda, empero, era que los ancestros se extinguieron para dar lugar a las nuevas especies.
El profesor van Vooren denegó con la cabeza, para reponer enfáticamente:
-Muchas naciones de la vieja Europa se caracterizan por ser montañosas. Opino que hace millones de años debió producirse en la región que visité un repentino cataclismo volcánico o sísmico, de manera que parte de la cordillera fue levantada en bloque. Y, ¿cuál cree que fue el resultado?. Muy sencillo, las leyes de la Naturaleza no ejercieron allí su influencia y la fuerza selectiva de la lucha por la supervivencia quedó alterada, si no neutralizada. Ese murciélago ha logrado vivir durante miles de años gracias a esas insólitas condiciones fortuitas.
Pero entonces, ¿por qué no sobrevivieron otros animales además del Vampirus magnus o existían acaso y todavía no habían sido descubiertos?. Estas eran preguntas que, una tras otra, se agolpaban en mi mente. Desistí finalmente, porque era fácil caer en la cuenta de que aquel podía ser un debate sin fin. Por ende, me vi en la obligación de sugerir que volviésemos al asunto que nos había reunido. Pero sir Archibald se me adelantó:
-Lo único que podemos concluir de todo ello es que nos enfrentamos a un enigma. Desde luego, aquí discutiendo, no vamos a resolverlo. Lo importante es que le hagamos saber al profesor Broadhurst que ha sido elegido, como sin duda supondrá a estas alturas, director de la expedición científica a Hungría.
Aquella confesión no me asombró lo más mínimo, dado que la esperaba. Sabía perfectamente que era una labor temeraria, que el trabajo sería duro y que no faltarían las privaciones. Nunca me he considerado un hombre especialmente valiente, pero poseo el espíritu aventurero y la imaginación que son indispensables en un investigador científico. En consecuencia, respondí que estaba dispuesto a partir. En verdad, lo deseaba ardientemente. Una nueva observación del naturalista holandés sobre el peligro futuro, no iba a hacerme cambiar de idea.
-No debo ocultarle lo arriesgado de la empresa -dijo-, debido a que llevará a cabo sus investigaciones en un territorio salvaje, donde tres investigaciones anteriores, la de los doctores Eisenfeld y Nielsen, la de los doctores Kolársky y Polák y la de los doctores McLean, Thelgaard y Russell desaparecieron misteriosamente, sin que se haya vuelto a saber de ellos.

de Desconocido

25 de Junio de 1.8...
1
Desde mi entrevista con sir Archibald en The Naturalists' Club, no pude concentrarme en mi trabajo. El asunto de la carta del holandés no se apartaba de mi mente. Cuantas veces pensaba en ello, la cabeza acababa dándome vueltas y caía preso de una vaga inquietud. El miedo a lo desconocido está demasiado arraigado en el corazón del hombre para poder soslayarlo y yo, ciertamente, experimentaba una gran aprensión hacia aquella aventura a la que me veía impelido por fuerzas superiores a mi persona. Pero también sentía una fuerte atracción por la empresa científica, por lo cual me pasaba el día sumido en un conflicto desesperante.
A las doce de la mañana, el ama de llaves me entregó un billete. Me dejé caer en la butaca de terciopelo de Utrecht y lo abrí. Era de sir Archibald. Presentía la partida inminente y volví a experimentar aquella fuerte angustia. Aunque lo más razonable hubiera sido enviar inmediatamente una negativa tajante y quedarme en mi querida Inglaterra, terminando así con el asunto, si bien confieso que, en lo hondo, estaba emocionado ante la posibilidad de dirigir una expedición de tal magnitud y naturaleza. Aquella podía ser la oportunidad de mi vida y, muy posiblemente, no se presentaría otra igual. Siempre he sostenido que la suerte no es un asunto azaroso, sino que consiste en aprovechar en el momento justo las oportunidades que brinda la vida. Así que hice de tripas corazón y abrí el sobre.
La carta decía sencillamente:

BERKELEY SQUARE, W.

Querido amigo:

Todo listo. Venga inmediatamente a mi casa,
puesto que no hay tiempo que perder.

Suyo, afectísimo:

A.G. WOODGER

Un ligero temblor me sacudió de pies a cabeza. Encendí mi pipa de brezo real y traté de pensar, por enésima vez, en las consecuencias de un cambio tan drástico en mis planes para el futuro. Se me hacía difícil, incluso, el respirar. ¿Volvería triunfante o fracasado?. Y mientras me lo preguntaba, me puse el abrigo, atravesé el gabinete y precipitándome a Bacon Street, me dirigí hacia Berqueley Square, sin dejar de atormentarme. ¿Conseguiría develar el misterio o tendría que volver a Gran Bretaña tan ignaro como en el momento de la partida?. ¿Podría soportar, entonces, el fracaso, el ostracismo y el escarnio de mis colegas?.
Y mientras cavilaba de esta guisa, llegué a mi destino. Sir Archibald habitaba una verdadera mansión victoriana, una sólida y lujosa construcción de ladrillo rojo, que daba a los magníficos parques de uno de los barrios más distinguidos de Londres. El viejo profesor era un hombre notablemente rico. Compartía su morada con su fiel mayordomo, Paxton, tan anciano como él. Paxton era un viejo cadavérico, taciturno que, con el paso de los años, se había convertido en el ayudante del científico. Pese a ser hombre de pocas palabras, solía decir que este era el mayor honor de toda su vida.
Desde joven, el ahora renombrado hombre de ciencia, se había dedicado con entusiasmo a las ciencias naturales. Había sido maestro de Frege y Wiener, profesores excelentísimos en el presente de la Universidad de Könisberg. En cuanto al magisterio recibido, había estudiado en Edimburgo, para doctorarse más tarde en Oxford, bajo la dirección del muy honorable Lord Arthur Kent, de memoria inolvidable. Desde entonces, su vida estuvo jalonada por una serie interminable de éxitos y su obra era conocida en todos los países civilizados del orbe.

de Desconocido

2
La cara huesuda y enérgica me escrutó con avidez, esperando una respuesta. Lo cierto es que el asunto me había pillado desprevenido y eso, unido a la enjundia del mismo, me había dejado sin palabras.
-En realidad parece que no se sabe nada en concreto -dije por fin-. Sin pruebas, por muy extraordinario que parezca el hecho, uno no puede pronunciarse ni seguir una investigación sistemática.
-Pero es que eso no es todo -me interrumpió sir Archibald con vehemencia y sin poder ocultar su entusiasmo-. Ahora hará dos años que se emprendió una segunda expedición, una especie de "misión especial", encabezada por nuestra doctora y un grupo de afamados científicos entre los cuales se encontraban figuras como van Vooren, von Holnstein, Comarr, Feldestein, Tarsky, Kristensen y McLean… Parece que no se han llenado los espacios en blanco de los mapas y que todavía queda lugar para aventuras románticas.
Ahora el profesor estaba verdaderamente excitado, como nunca le había visto anteriormente.
-Ayer mismo, tal como le comuniqué esta mañana, recibí una carta nada menos que del profesor van Vooren, quien me puso al corriente de todos los pormenores. Según todas las apariencias, nuestra amiga estaba en lo cierto, pues el insigne holandés asevera haber visto un espécimen de semejantes características.
-Desde luego es una buena historia -dije con torpeza.
-¡Es mucho más que eso!. ¡Es sensacional, amigo mío!. Bien es verdad que no tenemos pruebas fehacientes que avalen la existencia de ese murciélago, pero existe el testimonio de personas de calidad. Hay, ciertamente, una luz en las tinieblas. En su carta, el profesor me revela algunos detalles portentosos. Afirma, como ya le he dicho, haber visto con sus propios ojos al animal en cuestión. ¿Qué le parece?... Como usted sabe, he consagrado mi vida a la Citología. Vivo con un microscopio, soy un explorador de las cosas diminutas y, en realidad, no conozco más territorio que la Universidad y mi laboratorio. Ni siquiera he salido de Inglaterra. Siempre he sido una persona cómoda, poco amante de las aventuras y de los viajes, aunque he admirado a los hombres que han sido aventureros, exploradores, que se han adentrado en el mundo de lo desconocido. Y ahora soy, como puede ver, demasiado viejo para emprender un largo viejo, si bien no puedo ignorar la llamada de los grandes acontecimientos. Es, no se lo he de ocultar, una misión peligrosa, pero al elegido, el destino le ha de deparar una gloria impar. Usted, querido colega, es ese hombre.
No pude evitar un gesto de perplejidad, ante lo cual el profesor se apresuró a decir con tono tranquilizador:
-Por supuesto, tiene usted la prerrogativa de negarse o si quiere tiempo para pensarlo, pero no mucho. Estamos ante un asunto de primera relevancia. Cada segundo que pasa es oro. Tenemos que ser precavidos, pues si alguien más lo supiese, no vacilaría en adelantársenos. Usted, profesor, es joven e inteligente. Pondremos en sus manos los elementos necesarios para su trabajo y ningún límite de tiempo para realizar las pesquisas y desarrollar la investigación. Nuestra pobre doctora murió sin el debido reconocimiento oficial, pero nosotros lo conseguiremos y, con ello, su nombre recibirá la justa consideración.
Media hora más tarde salía de The Naturalists' Club con la sensación de una enorme carga a mis espaldas. Se me oprimía el corazón en el pecho y me hallaba preso de un doble sentimiento. Mi espíritu científico me empujaba hacia delante con fuerza, pero el sentido de la prudencia me indicaba meditación y cautela. Era evidente, por otra parte, que sir Archibald había embaucado a los sabios más influyentes de la Universidad y que ellos, venerable consejo de ancianos, habían decidido por mí. En efecto, sin ningún género de duda, el profesor tenía en sus manos astutas el beneplácito de las altas esferas académicas para que la expedición se llevase a cabo cuanto antes. Sus deseos, según todas las expectativas, estaban destinados a hacerse realidad. Es así como se producen los grandes acontecimientos de la vida de un hombre, de súbito, sin esperarlos. ¿Cómo iba a imaginar una hora antes que al entrar en el club me iba a comprometer en una aventura tan incierta?... Y de esta suerte fue como, en espacio de poco tiempo, se decidió nuestro futuro.

de Desconocido

PRIMERA PARTE
_____
EL CAMINO DE LA LUZ



DIARIO DEL PROFESOR S.H. BROADHURST
NATURALISTA



13 de Junio de 18...
1

Siempre admiré al profesor Woodger, sir Archibald, presidente de The British Association for the Development of Sciencies y de The Royal Society, un anciano venerable de pelo blanco y alarmantemente enjuto. Era una de personalidades científicas más capaces del Imperio Británico y con gran renombre en el extranjero. Habitaba en las atmósferas enrarecidas de sus alturas intelectuales y todas las mañanas, a las siete en punto, se le veía pasar con solitaria majestad, en dirección a su Laboratorio de Citología, con los ojos perdidos en el infinito y la mente flotando sobre mares de bacterias y paramecios. Se tenía la impresión, viéndole, de estar ante el más perfecto de los hombres. Por lo demás, era perfectamente educado, flemático y de modales exquisitos, como corresponde a un auténtico caballero inglés.
Releí aquella carta y debo confesar que me embargaba, a una, un sentimiento de inquietud y satisfacción. Héla aquí, tal como la recibí aquella mañana:

Berkeley Square, W.

Estimado profesor Broadhurst:

Es para usted sobradamente conocido mi pro-
fundo interés por su obra en el campo de la Zoo-
logía Aplicada y aprovecho la ocasión para con-
fesarle mi reconocimiento y admiración.
Pero no es este el motivo que me ha movido a
escribirle. Acabo de recibir una carta de un no-
table colega, cuya identidad sabrá en el momento
oportuno. Su contenido le interesará de seguro.
Sin embargo, pese a su exposición lúcida y admi-
rable, no parece ser la última palabra en la ma-
teria. Le agradecería que tuviéramos una entre-
vista pues, aunque mi opinión sobre el tema no
es definitiva, lo estimo un asunto de gran in-
terés científico. Le espero esta tarde, a las
cuatro, en
The Naturalists´Club.
Atentamente.

PROFESOR ARCHIBALD GEORGE WOODGER, Baronet.


Miré el reloj y faltaban veinte minutos para la hora indicada, de modo que guardé la carta en el escritorio y atravesé la calle en dirección a The Naturalists' Club. No podía dejar de pensar en el aire confidencial -incluso enigmático- de la nota de sir Archibald, pero solamente un asunto de la máxima importancia podía haberle arrancado de su santuario para entrevistarse conmigo.
Entré en el club. Eran las cuatro en punto y, pese a hora tan temprana, el Hall estaba abarrotado de gente. Distinguí una figura escuálida en un butacón al lado de la chimenea, leyendo un periódico y literalmente envuelta en el humo de su pipa. Cuando me vio, me indicó con un gesto que tomase asiento y, apenas lo hube hecho, entró en materia.
-Todo lo que le diga debe quedar entre nosotros -dijo sir Archibald casi en un susurro, con su acento irlandés-. Se trata de un asunto importantísimo para el cual requiero su colaboración y su ciencia.
Carraspeó, su pipa de brezo echó unas azuladas fumaradas mientras sus ojos inquisitivos escrutaban en derredor para asegurarse de que nadie podía escucharle e inmediatamente añadió:
-Sin duda, el nombre de Ira Zojuss no es desconocido en nuestra profesión. Según noticias calientes, hace cinco años emprendió en secreto una expedición a Europa del Este. Lo inquietante es que cuando regresó no quiso decir el lugar exacto donde había estado ni el motivo auténtico de su viaje. Es lógico que no quisiera compartir la gloria -suspiró-. Al menos esta es la opinión de muchos colegas. No obstante, atosigada por presiones de toda índole, no tuvo otro remedio que abrir la boca. Contó sus experiencias de una manera vaga, por lo cual muchos científicos pensaron que había ocurrido algo extraordinario. Otros, los más escépticos, dijeron de ella lo peor, que había falseado los informes y que tenía demasiada imaginación. Como la ínclita doctora no tenía la menor prueba con la que apoyar sus afirmaciones, pronto cayó en descrédito y todo el asunto quedó olvidado.
El profesor volvió a lanzar una mirada vigilante en derredor y tampoco en esta ocasión vio la proximidad de algún elemento importuno.
-En resumidas cuentas -agregó-, la doctora Zojuss manifestó haber descubierto una variedad totalmente desconocida de quiróptero, un animal de grandes proporciones y cuya morfología, según su testimonio, no encajaba en las especies conocidas. Este es, en suma, nuestro asunto profesor Broadhurst.

de Desconocido

SALVADOR ALARIO BATALLER
EL MURCIELAGO MONSTRUOSO
-Independiente de las anteriores-

*

Los antiguos dieron diferentes nombres a
éstos: larvas, lémures. Amaban el vapor de
la sangre derramada y huían del filo de la
espada.

ELIPHAS LEVI, LA CLAVE DE LOS MISTERIOS



Guardián abre tu puerta,
abre tu puerta y entraré.
Si no abres la puerta y no puedo entrar,
forzaré sus candados, despedazaré sus dinteles,
haré levantar los muertos para que devoren a los vivos.

Del DESCENSO DE LA DIOSA ISTHAR AL PAIS INMUTABLE



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Permítanme que les cuente una historia de amor, de misterio y de muerte. En ella conocerán a un hombre sabio, a una bella enamorada y, como no, a un villano inefable.
Si la propuesta es de su agrado, amigo lector, que su mano de vuelta a la hoja y caminemos juntos por una tierra peligrosa, de castillos confundidos en la niebla y límites umbríos.

***

CARTA DEL PROFESOR HANS ULLRICH PRETORIUS AL PROFESOR FRIEDRICH WILHEM ABRONSIUS, ENCONTRADA SIN FECHA EN UNA VIEJA MANSION DE KRAIOVA, RUMANIA:

Unicamente a ti, querido amigo, puedo recurrir en los intrincados asuntos y momentos de la existencia. El instante supremo ha llegado. Ellos han vuelto a su cubil. Que la luz de los justos nos lleve por la senda de la extinción de las huestes del mal.


El resto de la carta resulta ilegible a causa del efecto de la humedad sobre el papel.


***

CARTA DEL PROFESOR S.H. BROADHURST A MR. ARTHUR BRAITHWAITE LOWREY

Aquí te entrego, amigo mío, lo esencial de una historia insólita. Cuando abras este sobre sabrás que Hellen murió en circunstancias tan excepcionales que, aún hoy, cuando han pasado cincuenta y seis años, me veo incapaz de explicar. Nuestros diarios son enteramente tuyos, para que puedas juzgar sobre sus testimonios lo que nos sucedió en tierras de Centroeuropa. No debes atribuir lo que allí encuentres a la mano de un hombre desesperado, ni a la enfermedad de una mujer que ha encontrado el eterno descanso. Espero que mi categoría profesional y nuestra vieja amistad sean avales lo suficientemente poderosos para conseguir tu imparcialidad y recto juicio.
Este es, en suma, el testimonio de los terribles acontecimientos que nos involucraron durante casi un año, la confesión de un hombre que no busca la comprensión ni el beneplácito de sus semejantes, sino solaz para su espíritu fatigado.
Tuyo, siempre afectísimo.

Dr. SHEPHERD HARALD BROADHURST

Connerville, Devonshire, G.B; 10 de Agosto de 1.959

***


A modo de advertencia

No puedo evitar manifestar que los hechos que se relatan en los diarios del matrimonio Broadhurst me han sobrecogido grandemente. Sin embargo, testimonios tan singulares hubieran provocado la hilaridad en manos impías, en quienes ignorasen el talante del profesor y la mediación de un difunto. Los aparentes desvaríos que leí, no obstante con el mayor interés, pareciéronme propios de un hombre abatido por la locura y no por la eminencia que tuve el honor de conocer. Pero pasando por alto este hecho desagradable, en ocasiones no llegué a saber qué pensar, tan sumido como me encontraba en la perplejidad más absoluta. Al final del diario del profesor, encontré una carta de mandatario húngaro, una especie de gobernador lugareño. En ella se traslucía, en cierta medida, la confirmación de las sospechas de mi amigo sobre determinado aristócrata que un día conociera de la mano de su colega el Dr. Von Ashaer. También hallé el manuscrito de esta excelente persona y me tomé la libertad de ordenarlo cronológicamente con los demás diarios y anotaciones.
Jamás llegaré a saber ni el grado ni la naturaleza de las inquietudes que en vida conturbaron al insigne científico y, además, no tengo intención ni deseos de especular sobre ello. Ahí quedan, pues, los pliegos, para que los sopesen personas más capaces que algún día, tras mi muerte, los pudieran encontrar.


ARTHUR BRAITHWAITE LOWREY, Ph.D.
Caverley, 30 de Agosto de 1.959

Una nota introductoria

Hay en nuestras vidas momentos discordantes. En ocasiones, pasamos de la alegría a la tristeza sin término medio y amamos con la misma facilidad que sentimos indiferencia, odiamos e, incluso, deseamos la muerte. Intentamos rebelarnos contra todo, si bien hacemos de principios deleznables normas directrices en las que sostener una existencia feble y efímera. Un día creemos conocer la razón de las cosas y a la mañana siguiente, comprendemos que nada sabíamos. Juzgamos al prójimo con el mayor desenfado, enfureciéndonos cuando se nos aplica el mismo rasero. Se anhela el gobierno de las almas, sin conocerse uno mismo. Una mañana maldecimos la época en que vivimos, la religión que profesamos y el gobierno de la nación y, a la noche, nos confesamos fieles seguidores de las costumbres. Nos prosternamos ante ídolos cambiantes, aunque siempre retornamos al dios de nuestra infancia y de nuestros abuelos. También la vida misma, parte consubstancial del hombre, puede considerarse, por esta misma razón, como un tráfago absurdo de eventos disarmónicos. Las sombras de la noche pueden ocupar, sin mediación alguna, los recovecos donde hasta entonces brillaba el sol.
Pero es necesario ya que me presente. Soy biólogo de carrera y en el momento en que se inicia este relato, hacía apenas un mes que había contraído matrimonio. Hellen era una joven virtuosa, en la que la ternura del corazón y la pureza de los sentimientos igualaba una belleza exquisita. No tenía yo, a decir verdad, grandes motivos de queja. A la edad de treinta años me fue concedida la Cátedra de Zoología en la Universidad de Oxford y mis publicaciones sobre la materia fueron bien recibidas por los científicos de la época. Especializándome en el orden quirópteros, realicé en el curso de los cinco años subsiguientes a mi nombramiento, numerosos experimentos que hoy se consideran clásicos. A raíz de la publicación en The British Scientific Review del trabajo titulado "Estudio comparado de las variedades de murciélagos conocidos", fui propuesto para ocupar, en la más insigne sociedad científica del Imperio, el puesto que el difunto profesor Boole había dejado vacante. Por fin, el 30 de Diciembre de 18..., me codeé con las viejas glorias nacionales. A pesar de mi juventud, poseía una alta categoría profesional. Un sueldo digno, junto a una herencia paterna considerable, me permitían vivir cómodamente y sin preocupaciones ecónomicas. En vista de todo ello, me consideraba justamente un hombre afortunado. Pero no hay rosas sin espinas y la llave giró en la vieja cancela de la puerta que lleva al oscuro camino del cual se apartan los hombres con horror. Entonces, la felicidad se fue, tan fácilmente como había llegado.
He de hablar, sin embargo, un poco más de mi vida y de la época en que me tocó vivir, para que quien lea este escrito tenga el mayor conocimiento posible de las personas que sufrieron juntas. Cuando aún joven estudiaba en el Trinity College, tuve excelentes profesores y aprendí con provecho Historia Natural. Me tocó en suerte conocer un tiempo de grandes cambios, que las más de las veces fueron considerados como enormes insultos contra la dignidad de esa especie que, no con poca petulancia o ironía, llamamos Homo sapiens. Freud estuvo inspirado al decir que el hombre había recibido tres grandes golpes contra su narcisismo y autoimagen: el descubrimiento copernicano de que la Tierra no era el centro del Universo, el descubrimiento darwiniano de que no existíamos independientemente de los demás animales y el suyo propio, del poder de fuerzas desconocidas, inconscientes y a veces incontrolables, que gobiernan -según su juicio- casi la totalidad de nuestra vida psíquica.
Adiós teoría geocéntrica,... que ahora, aunque efímeramente, brille el sol. Au revoir producto divino,... pues como especie sometida a evolución somos esos otros animales, surgidos con ellos y de ellos y no de un acto especial de creación. Hasta nunca control consciente, racional,... porque las motivaciones intrapsíquicas, que eluden la tiranía de la voluntad, reclaman un sitio en el cotidiano quehacer.
Empero, hubieron muchos más hechos de referencia obligada, dada su gran trascendencia en el mundo de la cultura y de la ciencia. I.P. Pavlov postuló el reflejo como mecanismo básico de la actividad nerviosa superior y, por ende, de la conciencia y del pensamiento. Para mayor preocupación de la gente especulativa, demostró con gran rigor experimental que la capacidad de aprendizaje no era, en ningún modo, exclusiva del humano, sino que se hallaba ampliamente distribuida en las especies inferiores... ¡Libre albedrío, que joya de escaso valor, que oropel entre los oropeles!. El condicionamiento iba tomando un lugar de primacía para comprender las formas complejas del comportamiento de los seres vivos, así como las elementales. Con ello, el estudio de la vida consciente desde la Fisiología se hizo popular entre los hombres de ciencia. De nada servía el alma o el espíritu, ni siquiera la "psiké", a la hora de explicar nuestros actos, nuestra actuación en el escenario del mundo, porque ya no formaban parte de la naturaleza humana, cuya pirámide se había erigido sobre argumentos escandalosamente ambiguos. Para algunos, las viejas entelequias no habían sido otra cosa que mistificaciones burdas, urdidas astutamente por inmorales poderosos y seguidas acríticamente por lerdos sin ninguna importancia. Otros, los más moderados, se contentaron con aducir que aquello que no podía medirse no interesaba a la ciencia y que el andar filosofando por la vida no representaba más que una pérdida lamentable de tiempo. Los valores y conceptos primordiales que habían sido consolidados a lo largo de los siglos pervivieron, no obstante, en la mentalidad de la masa, puesto que, parafraseando a Voltaire, el pueblo trabaja seis días a la semana para encerrarse el séptimo en la taberna. Además, a fuerza de no pensar, se les había enmohecido el cerebro. Tampoco la Nueva Era conmovió demasiado a los filósofos -los "pensadores"- excesivamente acostumbrados a "Faire Chateaux en Espagne". A despecho de todo ello, no cabía la menor duda de que se estaba produciendo una verdadera revolución intelectual. Nada de charlas de taberna, nada de voceradas para exaltar a los desgraciados de este mundo, los desheredados de la tierra, los parias. Quienes iban a la cabeza de la Intelligentza en aquella época tenían los pies en el suelo y se ensuciaban la bata... Cuando pienso que todo esto ha ocurrido solamente en el curso de una vida, no puedo soslayar preguntarme qué habrá de suceder mañana, que miríficos descubrimientos deparará el futuro. El Positivismo, fundamento teórico de la Ciencia Experimental -aunque solo en parte- acabó imponiéndose sobre formas burdas de analizar los hechos y aquello que no encajaba en el Método Hipotético-Deductivo/Inductivo-Experimental, o bien no existía o bien no interesaba. Entonces, viviendo donde vivía, participando de la virulencia de una época tan genuina, ¿cómo podría siquiera atreverme a revelar a la opinión académica sucesos tan extraordinarios?. No poseo la menor evidencia con la que demostrar lo que vi, cuanto viví, y los conocimientos y experiencias que he acumulado con el paso de los años no pueden ser verificados.
Pero vayamos ya, no sin dolor por mi parte, al asunto principal que motiva este pliego. He aquí el comienzo de todo : Viajé a una lejana nación, diluida en oscuridades y poseedora de insondables misterios. Era un país anclado en un pasado remoto, de pequeñas aldeas hundidas en la nieve y viejos castillos confundidos en las brumas de altivas cordilleras. Visité ese territorio escondido que no figura en ningún mapa oficial, donde todavía perviven extrañas tradiciones y la gente cree en la actuación de fuerzas que escapan a la razón. Sin embargo, pongo a Dios por testigo que viví un horror sin igual y el primer actor de la tragedia no puede ser descrito en términos comprensibles.
Pronto tendré el consuelo de dejar este mundo y no tengo ciertamente el menor apego a la vida para defender mis ideas y luchar por mis convicciones. Solo me queda la esperanza de la trascendencia a la muerte, que sé, de todo punto, que existe efectivamente. Por estas razones, tú, Arthur, mi querido y gran amigo, eres el recipendiario de la crónica de los sucesos amargos que me han llevado a la desgracia. Sabes que me retiré, ahora hace cincuenta años, a mi residencia campestre en Devonshire, sin querer ver a nadie, ni siquiera a ti, un lugar tranquilo y alejado de las veleidades mundanas, donde poder olvidar, ordenar mis pensamientos y esperar, en gracia, el postrer momento. No podía confesar ese secreto terrible porque hubiese podido perder la confianza de los mejores amigos y todo mi prestigio científico, que tan arduos esfuerzos me costó obtener. Así pues, guardé celosamente el gran misterio, pues de propalarlo, me hubieran tomado por loco.









VAMPIROS Y HOMBRES LOBO


Erberto Petoia
Vampiros y hombres lobo

Orígenes y leyendas desde
la antigüedad hasta
nuestros días

Erberto Petoia nos presenta una obra que constituye un recorrido exhaustivo y milenario por las diversas culturas populares de Occidente en busca del origen, la historia, la evolución y las leyendas de dos de las más inquietantes representaciones de la alteridad primordial del ser humano, el vampirismo y la licantropía, Ambos se encuentran estrechamente ligados a fenómenos y temas fundamentales, como el nacimiento y la muerte, la magia y lo sobrenatural, la culpa original y su expiación, representando la inspiración de multiplicidad de obras artísticas de la antigüedad hasta nuestros días.En suma, un trabajo amplio, riguroso y documentado para los amantes del género.

de Desconocido

HISTORIAS DE VAMPIROS: SOMBRAS EN LEVANTE

CAPITULO VII
4

Ella estaba concentrada, con la mirada fija en la joven que encendía ahora, con aire de tedio, un cigarrillo rubio. El lo notó enseguida, cuando la suave brisa trajo hasta sus receptores el aroma dulzón de la hebra recién quemada, y recordó cuando fumaba Ducados en grandes cantidades. No lo había hecho desde entonces pero no había ninguna ley física ni moral que prohibiese o contraindicase el disfrute de los placeres tenidos en vida... Volvió rápidamente a la realidad y vio que Nit comenzaba a descender como una salamanquesa por el muro. Estaba a apenas dos metros sobre la cabeza de la prostituta, pero no se la podía distinguir desde ningún sitio, oculta en la sombra como estaba.
“Ahora”, pensó Salvator tensando por la expectación cada fibra de sus poderosos músculos y un escalofrío de excitación y de placer le recorrió por el espinazo cuando vio que Barbara caía sobre la joven con la velocidad de un flecha, como la agarraba por el cuello y la arrastraba consigo, sobre el muro, como la araña que depreda la incauta mosca. Lo había hecho perfectamente bien : había tapado la boca de la desgraciada con su fuerte mano y había mordido rápido. Era la imagen viva de los tiempos antiguos, del lobo destrozando al feble cordero, con aquella boca ensangrentada, que apenas podía absorber todo aquel río de sangre que le empapaba las ropas y hasta el negro cabello.
“Despacio, despacio... El bocado ha sido demasiado grande. La próxima vez has de hincar el diente con menos vehemencia”, le habló Sanscoeur.
Cuando hubo terminado, la deposito en el alfeizar de una ventana y allí le introdujo los índices por las globos oculares y cogiendo la ensangrentada cabeza de la muerta sorbió por las vacías cuencas el destrozado cerebro, que pasó a su estómago como gelatina pura y deliciosamente caliente. Había aprendido bien la lección, no había que proliferar en demasía. Entonces ella se detuvo, dejando caer a un lado la destrozada cabeza rubia, porque él le había mandado una señal de alerta.
Sanscoeur se había retirado a un rincón en las sombras. Había advertido que alguien se acercaba. El hombre, habiendo cambiado de idea, regresaba a cerrar el trato, con la intención de terminar placenteramente aquella noche de juerga, ignorante en realidad del fin que le aguardaba.
El hombre se quedó perplejo en la esquina, frustrado al no encontrar allí a la chica y lanzó una maldición antes de que sus ojos se fijaran en aquella mancha oscura del rincón, que parecía chapotear tenuemente, creciendo por las oscuras y pequeñas gotas que caían desde lo alto. Vaciló un instante y levantó la cabeza pero apenas para darse cuenta de la sombra que caía sobre él y le aplastaba sobre el suelo. Sanscoeur vio que el hombre estaba sin sentido y que ella había apresado su cabeza con ambas manos y que tiraba de ella y la arrancaba del cuello de cuajo, con un crujido sordo y húmedo. La sangre salió a chorros desde el tronco decapitado y ella pego su boca ampliamente abierta al muñón sanguinolento y bebió de él con frenesí descontrolado hasta que su cuerpo pareció hincharse por la gran cantidad de líquido ingerido.
“ ¡Glotona !”, sonrió el vampiro desde lo alto mientras contemplaba en silencio como ella comía el cerebro y se llevaba el cuerpo del hombre hacia arriba, en dirección al amplio alfeizar donde estaban los restos de la prostituta. Después enterrarían los cadáveres en el suelo de alguna obra en construcción, muy hondo, donde nadie los encontraría, cuando toneladas de cemento cayeran sobre ellos.
Cuando llegó a su altura Nit se quedó mirándole y él apreció los efectos de la sangre en su interior. Había limpiado su rostro y su cabello ensangrentado y, aunque lívida, su piel tenía un leve tono rosáceo y sus ojos, sobre todo, sus ojos eran completamente rojos, de un rojo absoluto e iridiscente. Pasó la mano sobre sus cabellos y la besó en los labios. Ella pegó su cuerpo al suyo y prolongó el beso. Había en su boca un delicioso saber acre, a cobre y a fuego.
-Por hoy ya es suficiente -dijo el vampiro y ella asintió.
Estaba ahíta y deseaba regresar al apartamento y yacer en sus brazos en el gran sarcófago que él había instalado en lo que antes era la habitación matrimonial. Había reforzado las puertas y puesto verjas en las ventanas. Era un lugar seguro, casi inexpugnable. Cuando ascendieron hasta el sexto piso, el reflejo del cielo que se encendía con el nuevo día les acompañó hasta que abrieron la ventana y entraron. La sangre bullía en su interior, dándoles una reconfortante sensación de calor y también de plenitud.
-Hoy has aprendido a cazar ; ya dominas, pues, la actividad -le había dicho Sanscecor desplazando la losa que cubría el sepulcro-. Ahora falta conocer la filosofía, ahondar en el espíritu del Cazador Nocturno, saber todo acerca de la Magia Roja, la Filosofía Natural de la Sangre Eterna. Solamente el conocimiento puede garantizar la eternidad, a fin de que no sea el instinto la única guía de nuestros pasos. Eso te lo iré enseñando poco a poco, mi dulce princesa, para que cruces conmigo el camino del tiempo con las menores dificultades posibles, para que los días fluyan como el curso suave de un río y no encuentren obstáculo.
Apenas se introdujeron en la tumba, les invadió una oleada de aturdimiento gozoso y fueron cayendo en un sueño pesado, letárgico, en el cual descansaron profundamente, fuera del mundo de los vivos, olvidando la vida que bullía en derredor, hasta el crepúsculo siguiente.


AQUÍ TERMINA LA TERCERA PARTE, INACABADA COMO DIJE EN EL PRIMER POST CONCERNIENTE, DE HISTORIAS DE VAMPIROS, QUE COMENZÓ CON LAS AVENTURAS CARPATIANAS DEL PROFESOR EXHORBITUS… TAL VEZ ALGÚN DÍA LA ACABE, SI SE DAN LAS CONDICIONES NECESARIAS.
EN DIAS SUCESIVOS, COMENZARÉ CON OTRA OBRA DE VAMPIROS, INDEPENDIENTE DE LA TRILOGIA PRESENTABA –EYALICK: EL MURCIÉLAGO MOSNTRUOSO- QUE SI TERMINÉ Y QUE ESCRIBÍ, HACE TIEMPO, CUANDO TENÍA 20 O 21 AÑOS.

de Luis Royo

HISTORIAS DE VAMPIROS: SOMBRAS EN LEVANTE

CAPITULO VII
4
Escalaron juntos los muros de la vieja iglesia del barrio gótico y desde allí pasaron a los edificios aledaños, saltando a través de las callejas estrechas, corriendo por los canalones y escalando a las humeantes chimeneas. El pensó que ella se asustaría en algún momento, casi hubiese deseado escucharla proferir un grito de miedo en alguno de aquellos saltos portentosos, pero no lo hizo y, en el fondo, él se alegró, pues ello indicaba que se estaba adaptando rápidamente y bien a su nueva existencia. Habían dejado atrás con la velocidad del viento la Gran Vía del Conde Ugary y, mucho antes, la amplia avenida del Amadeus Vorsack, donde tenían un apartamento, que se convertiría su cuartel general en las temporadas que pasarían en la ciudad. Sancoeur miró el cielo y comprobó que el tiempo había cambiado. Apenas se veían estrellas y amplios y plúmbeos nubarrones dejaban apenas pasar el pálido fulgor de la luna. Era una noche estupenda, una noche muy oscura, la noche propicia para el cazador.
Tocaron tierra en la Plaza de la Abadesa y caminaron semiescondidos en las sombras, pegados al muro, hasta la puerta de la catedral. Había pocos viandantes y algunos mendigos tirados en los rincones fríos, pero no era un sitio apropiado para cazar. Podían ser vistos con facilidad y había más luz de la deseada, por lo que decidieron adentrarse por unas calles estrechas de elevados edificios medievales. El barrio por el cual avanzaban ahora era perfecto; había siempre caminantes solitarios, presas fáciles y en esto andaba pensando él cuando volvió la cabeza en dirección norte, detrás de aquel pesado muro de la casa que hacía chaflán. Les había oído conversar y el sonido de sus respiraciones llegaba claramente hasta sus oídos a través del aire denso del callejón oscuro. Lo había captado mucho antes que ella, lo cual no era de extrañar, pues llevaba ya dos existencias como no-muerto y más días actuando en su segunda venida. La mujer hablaba descocadamente y el hombre insistía, un tanto irritado, en aquel tipo de comercio que era tan antiguo como la humanidad misma. Ella era casi una niña, arrojada a la calle por la necesidad o por el vicio, y él era ya mayor, muy pasados los cincuenta, un vividor que trataba de apurar los goces de la noche de francachela.
Subieron por el muro y, a bastante altura, siempre pegados a la losa fría y húmeda, dieron la vuelta y penetraron en un angosto callejón, precariamente iluminado por una farola. No había luz alguna en las ventanas de las casas de enfrente y ninguna presencia humana, fuera del hombre y de la mujer que dialogaban abajo. El se iba ahora, malhumorado, refunfuñando palabras fuertes. Sanscoeur miró a Barbara y rió satisfecho, con aquella sonrisa de tiburón que le daba un aire tremebundo, de diablo del averno.

De Carlos Negrón

REGLAS DE LA COMPOSICIÓN MACABRA

Montague Rhodes James
Tres reglas de la composición macabra

1. El relato de fantasmas debe tener un marco familiar a la época moderna, a fin de acercarse lo más posible al ámbito de la experiencia del lector.

2. Sus fenómenos espectrales deben ser malévolos más que beneficiosos, ya que la emoción que hay que suscitar ante todo es el miedo.

3. Debe evitarse escrupulosamente la jerga técnica del “ocultismo” o pseudociencia, con objeto de que la verosimilitud causal no se vea ahogada por la pedantería nada convincente.

H.P.Lovecraft (1939): El horror en la literatura.

de Desconocido

HISTORIAS DE VAMPIROS: SOMBRAS EN LEVANTE

CAPITULO VII
3

Había dejado una antorcha encendida en la pared de la cámara donde ella yacía, cerca del sepulcro y los candelabros alumbrarían aún sobre la mesa del despacho que había improvisado en la habitación contigua, que a la vez le servía de biblioteca. Aunque sabía perfectamente que los vampiros podían ver en la oscuridad, pensó que estos detalles domésticos la apaciguarían en su agitado renacer. A la postre se trataba de un nacimiento y no cabía nueva vida sin crisis, aunque fuese meñique.
A medida que descendía los desgastados peldaños de la escalera de caracol que se introducía en el interior de la tierra, hasta las estancias inferiores, el temor se incrementaba en él de manera inevitable. Se introdujo en la boca del túnel secreto y desde allí fue a la cámara del sepulcro y vio, con un espasmo, que allí no había nadie. Entonces, súbitamente, tuvo lo sensación de que era vigilado, no desde un rincón cualquiera, no desde cualquier lugar, sino desde lo alto. Y, efectivamente, cuando levantó la cabeza, la descubrió mirándole, flotando pegada al techo, como una mariposa nocturna, con una risa maliciosa en sus labios. Después fue descendiendo lentamente, sin dejar de sonreír. A la luz de la antorcha, tenía los ojos asombrosamente brillantes, incluso para él, que no debía asombrarse por ello. Pero lo que le impresionaba era verla así por primera vez, fuera de su forma humana, en su misma condición..
-No debes intentar hacer las cosas por ti misma -le dijo, anuente-, pues hay cosas que sola no puedes descubrir.
Ella respondió con una carcajada estridente, mientras descendía lentamente hasta pararse delante de él... Su cabello se veía más negro y reluciente sobre el óvalo blanco de su cara.
-He despertado hace apenas unos minutos y no te encontré -murmuró ella-. Me disgustó que no estuvieras aquí, pero sabía que no tardarías.
-Tenía que cazar. Hay motivaciones que no pueden ser eludidas y, además, estaba convencido de que despertarías más tarde.
La cogió de la mano y la llevó a la otra habitación. Su contacto le impresionó, aunque podía haberlo esperado : estaba completamente helada y sus uñas habían crecido y estaban aguzadas como escarpas. Le levantó la mano a la altura de sus ojos y ella sonrió.
-Estamos hechos para la caza, estamos hechos para la muerte -dijo ella-. Y tengo mucha sed.
-La muerte no te ha cambiado en eso, sigues sin tener paciencia... Hoy cobrarás tu primera pieza, probarás la sangre humana y notarás el poder de la vida, el poder de la sangre, en tu interior, porque la sangre es vida, porque la sangre es alma, es la fuerza y el poder primeros, el vino de todos los vinos, y la vida de todas las vidas.
Sanscoeur se acercó al estrecho ventanuco que se abría sobre la misma pared del acantilado sobre el que se erguía el castillo, ante el cual se abría un profundo precipicio y, sobre él, el bosque frondoso y el cielo estrellado. Se volvió y la miró de nuevo : parecía más esbelta y le sentaban bien las ropas oscuras que había traído expresamente para ella, aunque fueran ropas masculinas, una camisa, un pantalón y una chaqueta. La niebla iba ocupando el barranco y se alzaba, con húmedas lenguas lívidas, hasta las primeras estribaciones de la cordillera.
-Tenemos que irnos del valle por un tiempo. He dejado en casa una carta diciendo que iríamos a Valcia a pasar una larga temporada, por asuntos profesionales míos. Allí estaremos seguros y nuestras actividades en Simart quedarán encubiertas. No obstante, cuando pase un tiempo, deberemos alternar las estancias aquí y allá, porque para sobrevivir no debemos descuidar los asuntos básicos y habituales.
Ella tenía una expresión fría en su rostro, tratando de ocultar una rabia mal reprimida.
-¡Tengo sed ! -protestó.
-Pronto la saciarás -dijo Sanscoeur con un suspiro-, pero debes aprender a controlar tu apetito y a pensar en algo más.
-Eso es lo único que importa ahora, ¿en qué más puedo pensar ?.
El señaló la pequeña loma moronda azotada por el viento nocturno que se extendía a su izquierda, a una tirada de arcabuz de donde estaban.
-Afuera hay todo un mundo hostil, del que hay que protegerse –dijo el vampiro, taciturno.
-Ya había pensado en ello -protestó ella-. Pero lo necesito y tienes que enseñarme la vida de los cazadores nocturnos.
-¿Acaso crees que no lo haré ? -exclamó Sanscoeur lanzándole una mirada melancólica-. Todo tiene su tiempo y hay que ir poco a poco. Hoy aprenderás una lección importante. Pero debes saber, incluso ahora, la paciencia es la clave de la existencia.
Ella se sentó en uno de los sillones, con aire cansado e iracundo a la vez, de niña mala, con aquellas afiladas puntas apoyándose apenas sobre el labio inferior, carnoso y rubicundo. El le contó que después de matar debía comer el cerebro del mortal o destruirlo con el fuego ; lo primero era preferible, porque se sorbía la materia de la vida, de la conciencia, de la mente, del alma y eso significaba, a la postre, poder. Comer el corazón era secundario, aunque también podía hacerse. Solamente así se aseguraba que la víctima no retornase bajo la condición de no-muerto. No debían haber demasiados de su especie, porque el número hacía el error, lo cual eso facilitaría su exterminio. De momento eran dos y eso era suficiente. La ocultación y la falta de fe respecto a su existencia eran los garantes más importantes para su permanencia a lo largo de los siglos.
-La sangre nos espera -añadió él con una sonrisa amplia que dejó ver completamente sus dientes puntiagudos a la vez que le ofrecía su mano.
Poco más tarde, mientras caminaban juntos por el barrio antiguo de la ciudad, como dos paseantes más en las callejas oscuras y en las plazas recoletas, discusión que habían mantenido en el castillo había caído en el olvido. Parecían dos amigos paseando desenfadadamente, con sus holgados ropajes negros. Habían tardado muy poco en llegar allí, pese a que la distancia era de cincuenta y cuatro quilómetros. A ella le entusiasmó surcar el aire con la velocidad del halcón, poder cambiar de forma y posarse sin miedo, sobre los elevados edificios y aullar, como en los viejos tiempos y con total libertad, al disco plateado de la luna.

de Desconocido

HISTORIAS DE VAMPIROS: SOMBRAS EN LEVANTE

CAPITULO VII

2


Arrojó lejos de sí los restos muertos y se volvió hacia el muchacho que estaba paralizado por el miedo en el húmedo muro. En sus ojos pávidos tuvo, como un fogonazo, el reflejo de su cara: parecía cortada a cuchillo, pálida, enteca, con aquellos dientes afilados que le daban el aspecto del peor demonio de las pesadillas, y aquellos ojos rojos que miraran como un basilisco a la pobre vida horrorizada que tenía ante sí, a aquel pobre joven que se desmadejaba en la humedad verdinegra del viejo muro del patio.
-¿Qué nombre te pusieron tus padres ? -preguntó el vampiro, antes de cercenar la vida de su víctima.
-Helio... -exhaló el muchacho.
-¡Helio, el sol !... ¡Por eso te mataré con ubérrimo placer, porque es lo que más odio!.
Y mientras el monstruo absorbía la sangre que salía a cascadas de la garganta de su víctima y que manchaba con profusión su camisa y su abrigo, tuvo fogonazos de una tierra misteriosa y de un antiguo castillo que se levantaba soberbio sobre las colinas, recortando su anfractuosa silueta sobre una luna fungosa y mistérica, viendo así mismo seres horrendos, crímenes innominables y, sobre todo ello, fulgió un atisbo apenas de sus orígenes. Inmediatamente después, las imágenes fueron más nítidas, más exactos los recuerdos, hasta que contempló los capítulos de su historia como se lee en las páginas de un libro: Recordó las batallas, los vinos de la bodega, los libros de la biblioteca y la sangre de la doncellas.
Los acontecimientos los rememoró con certeza, pero los recuerdos de las personas eran todavía difusos: Apenas entrevió entonces el rostro angosto y cerúleo de su padre in terris e in tempore. El anciano había invocado a Shaitan el Antiguo en multiplicidad de ocasiones y había obtenido ciertas prerrogativas, más allá de las que le otorgara la cuna. El viejo conde, a despecho de su actual situación, había sido en su otra vida un villano caracteriológico, pese a parecer una pavesita. Nadie entendía la razón por la cual aquel joven vigoroso tuviera que ser vástago suyo... Quizás no lo fuera. No obstante, lo que a los lugareños le preocupaba era que después, cuando recibió el legado tenebroso, se convirtió en el huésped permanente de las pesadillas de sus vecinos y, recurrentemente, en algo más.
Recordaban los más ancianos de la comarca, porque así se lo dijeron sus padres y a ellos los padres de sus padres -y así hasta remontarse a las oscuridades de los tiempos más antiguos- que el conde había nacido en el día de Navidad y, de por sí, eso ya era mal presagio. La contravención de dicha epifanía, auguraba, a todas luces, el advenimiento de un ser torcido, de naturaleza aviesa, maligna. El gran macrobita vino al mundo como cualquier hombre, pero acabó viviendo a base de los otros, sacando su pálpito de la más pura esencia del Eros... Modestus Aureolus Sanscoeur vio la luz terrenal en el alba del siglo catorce y, dicen los ancianos que vivió muchos años, demasiados, muchísimos más de los que es esperable en un ser nacido de madre.
Todos miraban con temor al niño hermoso cuando era paseado por las nodrizas y en ocasiones por su propia madre por la comarca en aquel carruaje negro, tirado por caballos negros, siempre al atardecer o de noche, con las cortinas negras bajadas, sin que nada se viese en el interior. Se propaló el rumor de que, alguna vez, una pequeña mano blanca arrumbaba las cortinas y unos ojos rojos miraban desde una penumbra sin fondo, a un mundo exterior domeñado y de promisión. Las casas se cerraban a su paso, las cruces se colgaban en la ventanas, junto a las ristras de ajo y las viejas rezaban antiguos conjuros y consejas arracimadas junto al fuego del hogar. Corría el invierno de 1.401.
Sin embargo, las habladurías que pasaban de boca en boca señalaban en otro sentido en lo que concernía a la paternidad del niño. Como al conde le gustaban más los calzones que la fina lencería, se decía que él era el hijo de Damakus , duque de Sakay, un extraño noble que llegó a Transilvania desde tierras levantinas, desde la montañosa Simart en la lejana Valldignus. Era de esperar que tuviera relaciones galantes con la bella Ugarde, la condesa, que hacía mucho tiempo que tenía las sábanas frías en el lecho nupcial, y veía con odio como el bribón de su marido se perdía en brazos de Príapo. Se decía también que el duque pertenecía a la estirpe del Nosferatu, pues se veía con recelo sus costumbres nocturnas y tal palidez en un rostro latino. Había, pues, un upyr más en el castillo condal, para colmo de males.
El niño recordaba que el duque los visitó en varias ocasiones y en la última de ellas, cuando él tenía apenas once años, le dijo estas palabras : “Tu padre es un demonio y tu madre una perra, pero tú serás un lobo, un bersecker, y la noche te abrirá sus puertas para que extiendas la oscura semilla entre los hombres, creando así tu ejército de sombras. Pasará mucho tiempo, pero volveremos a encontrarnos, tan cierto como la noche sigue al día”.
Tan raudo como las imágenes intrusivas excitaron su cerebro, del mismo modo se fueron, como fuego que apaga el gélido viendo del invierno: Sanscoeur volvió a la realidad un tanto aprensivo, pero con la sensación de que había estado en un sitio conocido, en el hogar de sus antepasados, hollando la senda de su propia historia. Eso le venía sucediendo esporádicamente en las últimas semanas, sin que él lo pretendiese, ni lo pudiese evitar. No le preocupaba empero; lo que tenía que hacer en el devenir era tomar notas y esperar a que los detalles fuesen lo suficientemente sólidos para consolidar una historia que, sin lugar a dudas, estaba convencido de que era la suya, tan real como su corazón muerto.
Después arrojó los cadáveres al río impetuoso, que los llevaría al mar. Nadie los encontraría, y si esto sucedía, nunca se atribuiría su muerte a seres de ultratumba en quien nadie creía. Entonces pensó en ella y automáticamente sintió desazón, y no sin motivo; tal vez se hubiese despertado ya y que se encontraría sola y desamparada en su nueva condición. Sacó del bolsillo de su chaleco su reloj de cadena de oro y vio, sin ninguna dificultad en la oscuridad dada su condición preternatural, que apenas eran las dos de la madrugada. Posiblemente ella dormiría aún, pues en su caso le hicieron falta más de cuarenta horas de letargo para despertar a su nueva vida. No obstante, cabía asegurarse y volver cuanto antes.
Después, el vampiro surcó los cielos en dirección al castillo. Se posó en la boca del negro agujero que daba a las mazmorras más profundas, donde se encontraba lo más tenebroso, lo inaccesible, todo lo muerto. Le invadió nuevamente el temor de que ella hubiese despertado y abandonado las ruinas, aventurándose sola, sin su guía necesaria, en la noche, para buscar alimento. La sed la atenazaría y, en esas circunstancias, cualquier cosa era posible en un upiro bisoño.

de Boris Vallejo

HISTORIAS DE VAMPIROS: SOMBRAS EN LEVANTE

CAPITULO VII

1

Era noche muy entrada, de un sábado cualquiera, en aquel pueblo sin relevancia de la costa levantina. Lo único importante, lo que se salía de lo normal, lo que se apartaba absolutamente de lo consuetudinario era que, en el ruinoso patio, cerca de la discoteca, se estaba desarrollando una escena macabra. El tenía el rostro manchado de sangre, como una máscara grotesca del apocalipsis. La figura bestial de Salvator Sanscoeur se reclinaba sobre un cuerpo de mujer decapitado, sosteniendo entre sus manos un cerebro rezumante y comía de él. Había llenado segundos antes su estómago de aquella infecta carne de juventud. Era carne como todas, carne de droga y de prostíbulo, menoscabo de cocaína y de coito mal hecho, de sábado por la noche, de condón barato, de macho vulgar y hembra furcia .
Cuando era un hombre se hubiera conmovido por toda aquella juventud echada a perder, consumida demasiado pronto, que nunca llegaría a ser nada en la vida, que se quedaría tirada como una colilla al lado del camino, pero ahora eso no le importaba, pues su objetivo en la vida era vivir eternamente y propagar selectivamente la semilla. Ya no conmovían su corazón sentimientos humanos, ya no amaba lo que los hombres amaban, solamente sentía desprecio y náusea hacia aquellos que compartieron sus días mientras caminó como uno más entre ellos. Así que debía ser prudente y cuidarse de no abonar terreno infectado. Pero esto debía de dejar semilla con gran cautela, por lo cual aquellos que le servían de alimento y a los que nuncá tendrían la dádiva mistérica, tendrían que ser eliminados, destruidos para siempre, para que no pudiesen volver a caminar entre los vivos.
Ser vampiro, más allá de connotaciones populares, implicaba un espíritu elevado y conocimientos ; pocos podían serlo, no cualquiera, por lo que debían extremarse las medidas para que la semilla no germinase en mal terreno. Resultaba perentorio abrir la carcasa y devorar el cerebro, para que el mal antiguo no proliferase, para que el germen del vampirismo no se propalase entre la masa. A cualquier vampiro semejante acto deparaba un placer inmenso.
Hasta sus oídos continuaban llegando los sones de aquella música abérrima, pero esto no le perturbó. Arrojó lejos de sí la testa vacua y miró la enjuta figura que temblaba apoyada en el muro, de pies a cabeza, presa del terror.
-¡Mira a tu zorra ! -gruñó el vampiro-. Ya no sirve para nada, menos que antes todavía. Pero da igual, nunca fue nada, sólo basura, hez del estercolero, carne del matadero. Aunque seguramente alguien la llorará, el mundo no la echará en falta y tú, de seguro, no vas a tener ocasión para hacerlo.
La música para tontos continuaba sonando en la discoteca y Sanscoeur pensó en la grey inútil que bambolearía sus cuerpos nutricios al compás de aquellos sonidos estridentes.
Los vampiros odiaban a los humanos, pese a que se nutrían de ellos, porque no tenían vida, ni muerte, ni un alma pura que les condujese a la salvación. Sanscoeur no había caído todavía en la cuenta, en que la eternidad podía ser muy pesada y que, en algún momento, podría desear estar muerto, en el sentido cabal de la palabra. Ahora, sin embargo, era un upiro joven, en su segunda existencia, al que, ante todo, interesaba su vida nocturna y el sustento. Para eso tenía que comunicarle perentoriamente a Nit (Noche) una ley inviolable, un principio que ninguno de su especie podía pasar por alto : que solamente podían trascender en el lado oscuro, y en el luminoso también, quienes hubiesen obtenido en vida cierta altura espiritual. De lo contrario, serían como aquellos patéticos seres de las leyendas, que deambulaban como zombis por los campos en el crepúsculo y duraban apenas dos semanas... En efecto, resultaba apremiante que supiese que, después de matar a un humano, era necesario destruir su cerebro, el asiento del alma, la materia sustentacular de toda vida. Solamente entonces nada nacería, ni hombre, ni bestia, ni demonio ni, por supuesto, un vampiro.

De Clyde Caldwell

HISTORIAS DE VAMPIROS: SOMBRAS EN LEVANTE

CAPITULO VI
2
La casa era grande y antigua y todo estaba sumido en una soledad completa. Había escogido bien el momento. En el piso inferior sus padres dormían ; oía su respiración tranquila, sentía sus cuerpos calientes baja las sábanas y la tranquilidad de su sueño, ignorantes de lo que acontecía en derredor. Miró su cuello y sintió la sangre correr bajo la piel impoluta y captó con claridad sus pensamientos. No, no pasaría de aquella noche. Ella había ladeado un poco la cabeza y ahora la veía de perfil y se quedó paralizado un instante : el olor de la sangre, su sangre. Su silueta se recortaba bajo la luz de la luna, trasparentándose sus formas bajo el camisón de seda blanca. Llevaba el pelo corto, casi como un chico y sus cejas se enarcaban por la tensión de la espera y sus mejillas estaban levemente arreboladas... El le había enviado su sombra para que le anticipase lo que iba a llegar de manera inevitable. Sus deseos y los suyos se fundieron en la alcoba, bajo la forma de un sueño maravilloso, pero terrible. Ella había visto detalles de una vida anterior, cinco siglos atrás y supo como comenzó todo. Por eso había salido esa noche al balcón, en la noche espesa y fría, porque estaba segura que él llegaría : ahora no sería un sueño, él estaba allí y lo que iba a suceder sería real e indefectible.
Para Sensecor era la más hermosa de las mujeres y, sin duda alguna, la más amada. Estaba radiante y era enteramente suya. En aquel extraño momento el vampiro se dio cuenta que ella le oía y que le respondía que también le amaba y que siempre le amaría.
Sin embargo, cuando le vio descender sobre ella se asustó, una reacción humana muy natural ante lo desconocido, porque pese a ser su marido, el pertenecía ahora a un mundo vetado al común de los humanos, un mundo de sangre y pesadilla, de horror infinito y oscuridad eterna. Pero cuando le cogió la mano y se retiró un poco entre las sombras para no asustarla, vio que su mirada era serena, que ya no tenía miedo.
-Has vuelto... –suspiró la joven-. Aunque estaba segura de ti, hubo momentos en que temí no volver a verte, en que pensé que te irías y me dejarías sola, que no me darías el don-le dijo ella al vampiro.
El no le habló todavía, sus ojos la miraban centelleantes desde la oscuridad... Eso fue suficiente, pero deseaba verle, que saliese de la oscuridad que le envolvía.
-Acércate, abrázame, quiero ver cómo eres ahora -le dijo.
Sensecor retrocedió un paso, tal vez movido por un resorte automático, por puro instinto, quizás pensando que la impresionaría vivamente o que, acaso, al verle ella se asustaría. Sin embargo, en su rostro no había ningún temor, aunque su corazón latía aceleradamente. Salió de la oscuridad que le ocultaba y se dejó ver. Su reacción fue de asombro al principio, de admiración después y de calma y anhelo ulteriormente. Ella le miraba la piel y los ojos. Alargó la mano y le tocó el rostro.
-He cambiado, ya no estoy vivo -dijo el vampiro.
Ella suspiró y sonrió ante aquella inmensa obviedad. Iba a decir algo, pero él la atrajo hacia sí y le preguntó :
-¿Quieres recibir el don que me ha sido dado ?.¿Quieres pertenecer como yo al reino de la noche y de la muerte ?. No sé que precio he de pagar por ser lo que soy, pero de lo que estoy seguro es que no deseo ser otra cosa y que esto es mucho mejor que estar vivo. He de decirte que no lo he hecho nunca, como sabes, aunque sé que te puedo dar el don oscuro, que saldrá bien. El camino que nos aguarda entraña riesgos e incertidumbres, pero quiero que lo recorramos juntos. ¿Quieres ser uno conmigo en las tinieblas?. ¿Deseas sinceramente recibir mi muerte ?. ¿Deseas la vida eterna por el poder de la sangre viva ?.
-¡Sí ! -exclamó ella casi con un grito, con una convicción y una vehemencia que le conmovieron- ¡Sí, si quiero y lo quiero ahora !.
Se dejó caer hacia atrás y ladeó la cabeza, a la par que él se inclinaba hacia delante y besaba su cuello, y la sed brotó impetuosamente, mientras la abrazaba con fuerza y la levantaba en el aire lentamente.
Todos los recuerdos de la vida con ella afluyeron a su mente en tropel, desde el día en que la conoció hasta esa noche impar en que comulgarían con el más preciado de los arcanos, el más deseado por los mortales, la inmortalidad, la eternidad y el infinito. Los tiernos versos, el primer beso en la playa, a la luz de la luna, el poema que le escribió para celebrar aquel genuino sentimiento, el primer acto de amor, su miedo, el primer orgasmo con ella... Y, pese a ello, sobre todo ese universo mirífico de amor y arrobo, se impuso la sed, una ser abrasadora y consuntiva, que le empujaba hacia delante, apenas sin poder razonar. Entonces, mientras se elevaban en el infinito y sus cuerpos se recortaban en la luna como dos grandes pájaros negros de muerte, él hundió sus colmillos en ella, notó como sentía dolor, se ponía tensa, jadeaba, trataba de apartarse y, finalmente, cedía, se abandonaba, aceptaba la muerte, y él bebía sin tregua su sangre caliente que salía a chorros de su yugular cercenada.
Seguía sosteniéndola, en el aire absoluto límpido del amanecer, como un feble muñeca de trapo, abrazándola con fuerza, con su cabeza apretando la suya, toda vez que sentía que su hálito vital se extinguía, que la vida se le iba a pasos acelerados. Mientras había sorbido su sangre, había escuchado el sonido de su corazón al bombearla, y su decremento paulatino, a la par que la vida se consumía, en su boca. Fue al recordar esto cuando la apartó y la sostuvo, casi muerta, frente a él. La muerte se apoderaba de ella, estaba presta al otro lado de la puerta; el vampiro se detuvo in instante, sumido en la desesperación de la duda sobre su proceder. ¿Tenía derecho a ello ?. ¿Podía proporcionar el don de manera tan impune ?. Pero ya estaba hecho y había satisfecho la sed.
Ella había resbalado un poco sobre su pecho, consumida por el dolor y la pérdida y, después, al cabo de dos minutos quizás, había mirado su rostro muerto con sus ojos vacíos y aguanosos y, sobre todo, le había llamado por su nombre auténtico : S… El, al escuchar su nombre actuó sin saberlo, como lo habían hecho aquellos memorables vampiros de ficción, como Bela Lugosi o Cristopher lee, abriendo la blanca camisa y hundiendo su acerada uña en su carne exánime, como mucho antes describiera magistralmente Stocker en su opera prima. La sangré salió espesa, casi negra y ella apretó sus labios contra la herida, mientras el elixir vital se derramaba en su interior y la revitalizaba, llevándola a las fronteras de una nueva existencia.
-Bebe, la vida y la muerte -dijo él, mientras el dolor le arrebataba-. Aprieta tus labios contra el cáliz del mañana y de la esperanza .
Sintió como ella succionaba desesperadamente, como el niño al que se le ha privado del pecho materno. Después sus pulmones dejaron de respirar y su cuerpo se convulsionó con un espasmo terrible, a la par que el dolor que él sentía se intensificaba, hasta el punto de hacerle casi gritar. Notó como un espíritu ancestral y poderoso pasase de su cuerpo al suyo, como el alma que insuflaba vida a la materia. Ella se había alimentado de su sangre y había caído inerte sobre su pecho. Había dejado de sentir el fuego de su aliento, y la tortura de sus dientes. Estaba profundamente aturdido y su corazón latía mucho más lentamente, en una especie de bradicardia límite. Inmediatamente después, los brazos cayeron a sus costados y notó en sus garras el peso muerto, y tuvo que sostenerla con más fuerza. Por lo demás, sintió un leve mareo, mientras que un vasto silencio le entornaba por doquier, el silencio de la muerte, de la vida extinta, de la muerte en vida y de la vida en la muerte. Sanscouer se maldijo por un instante, pero arrumbó inmediatamente este sentimiento cobarde de su lado humano, un pedazo putrescente que se resistía a morir. La llevó consigo desvanecida, mientras volaba en el cielo, como un rayo, en dirección al castillo derruido y solitario.
Cuando estuvo en la cámara que había preparado como su refugio temporal y la hubo depositado en el sarcófago, notó que las piernas le temblaban, que su respiración era estentórea y que sus pasos inseguros apenas podían llevarle a un sillón cercano. Poco después se acercó a ella y miró su rostro de marmol : estaba más hermosa que en vida y sus ojos abiertos parecían dos globos de cristal que absorbían la luz de la luna que se colaba por el alto y exiguo tragaluz. Sus labios estaban hinchados y eran rojos, rojos como la sangre y por su comisura asomaban dos pequeños colmillos, afilados como puntas de espino... En aquel instante suspiró una vasta emoción, un sentimiento enorme, antes de cerrarle los ojos y sumirse con ella en la oscuridad profunda y densa de la sepultura.

de Desconocido

HISTORIAS DE VAMPIROS: SOMBRAS EN LEVANTE

CAPITULO VI

1

El vampiro había llegado en la noche lobuna, al amparo de las sombras, raudo como una exhalación desde el cementerio y se había posado con la suavidad de una hoja desprendida por el otoño, sobre el tejado mojado por el rocío de la noche. La había estado observando desde el tejado, deseándola y apreciando su celo y su anhelo por aquello que, sin duda, acabaría ofreciéndole. No obstante, le invadió la duda y un sentimiento muy humano le detuvo: la preocupación por la joven, el temor a que, pese a su sinceridad, no pudiese encajar bien en el nuevo estilo de vida que le impondría, los sinsabores, angustias y penalidades que, no obstante, arrostraban seres de su laya.
Sin embargo, ninguna dificultad había experimentado Sensecor hasta el momento. Se había levantado apenas el sol se había hundido en el horizonte y el valle estaba teñido por el resplandor carmesí del crepúsculo, un crepúsculo hermoso y rojo, rojo como la sangre, cuyo deseo había notado vehementemente en el mismo instante de abrir los ojos a su nueva vida. Después se alimentó de aquel incauto leñador, al cual enterró en la cueva y voló hacia el pueblo, sin preocuparse por cambiar de forma, en dirección a la luna, en su forma humana, como una imagen mítica y terrible. La noche era poco estrellada, por lo cual no corría el peligro de ser visto. Además, nadie levantaría la cara al cielo en una noche como aquella, simplemente porque no suele hacerse, para descubrir aquella sombra extraña que se deslizaba raudamente en lo alto.
Cuando se posó en el suelo, el pueblo, los montes, el río y la frondosa arboleda estaban envueltos en una densa y ominosa tiniebla. Allí, parado como una efigie al lado del muro del cementerio, le invadió el temor de que espíritus superiores en lo empíreo, llámeselos dioses o Dios quizás, conocieran su secreto y que su madre perteneciera ya a los espíritus buenos, los de la senda derecha, los seres de la luz y que, por ello, pudiera ser despreciado de manera absoluta. No obstante, se arriesgó, pensando que, tal vez, la que la amara en vida continuara amándole después de la muerte, pese a ser aquello en lo que se había convertido. Esta metamorfosis fue provocada por libre voluntad, ninguna maldición le aherrojó, nada le fue impuesto ; aún así sentía miedo, miedo a no poder hablar con ella. Había pensado qué le diría a su madre y que tenía la necesidad de verla y hablar con ella, si es que todavía había tiempo, si es que los dioses, quizás Dios, lo permitiese. Pero todo fue en vano, algo formidablemente poderoso se levantada entre ella y él, impidiendo cualquier comunicación. Por eso no pudo decirle que pese a ser Salvator Sensecor, un vampiro, la continuaba amando y añorando, que había una parte humana en él, que ardía de amor cuando la recordaba, que no la había olvidado y que anhelaba verla y, si ello era posible, abrazarla entre sus brazos fríos, impuros y muertos. Empero, no le fue permitido y tuvo que abandonar el camposanto con una profunda sensación de vacío e impotencia. También había otra cosa : el odio, pues nunca antes había odiado a las fuerzas del bien como en aquellos instantes, fuerzas poderosas e incognoscibles que le habían impedido un último y verdadero deseo humano... Entonces se impuso intentarlo en otra ocasión, posiblemente fuera cuestión de encontrar el procedimiento y el momento adecuados y fue en aquellos instantes cuando pensó en la otra mujer, su amada. “Barbara”, su nombre sonó en su cabeza con una claridad meridiana e hizo estremecerse las fibras muertas de su corazón. Su madre había muerto, pero la otra mujer de su vida vivía y le esperaba, a una tirada de piedra, tan cerca realmente que podía oler su perfume y escuchar su respiración. No había pensado como se presentaría ante ella, qué le diría, ni como reaccionaría ella al conocer su secreto, un secreto que en su caso no era tal, pues conocía sus planes y que había ido al castillo para obtener el don oscuro. También ella esperaba obtenerlo y era él el encargado de dárselo. Se lo había prometido, la amaba y ese hecho era el único viable para que su amor continuase in tempore.
Se anudó la corbata de seda negra y agarró la capa mientras se elevaba en el aire, como un gran pájaro de alas negras. Después, fue pensado y hecho e inmediatamente estuvo de pie sobre el tejado de su casa, escrutando la terraza y el balcón, donde ella se apoyaba mirando la noche, esperándole. Sabía que su tiempo se terminaba y entonces pensó abiertamente en su muerte. El hecho le sobrecogió en cierto modo, más bien pensando que, tal vez, ella se asustase al verlo en su actual forma y no desease dejar la vida de los comunes. Una cosa es jugar con la estética de la muerte y de los no-muertos y otra muy diferente ver ante uno el infierno expresado en un rostro muerto de rojos ojos y dientes de animal, del mismo modo que es hermoso el fuego que, no obstante, abrasa y destruye. Se requería una fuerte convicción para dar el paso, un gran deseo y no poca “cienciahermética” : saber, creer, desear y callar, más la presencia del destructor, que extinguiese el pálpito de la vida para sacar de sus cenizas el horror de la muerte. Ella había estudiado con él libros de ciencia maldita, había viajado al astral con el poder de la mente y había visitado otros mundos, viendo extraños paisajes, maravillosas ciudadelas y seres extraños que muy pocas personas habían tenido ocasión de contemplar. Además, su deseo era sincero : el tedio de la vida humana la atenazaba y quería gozar de los frutos incólumes de la eternidad.

de Boris Vallejo

HISTORIAS DE VAMPIROS: SOMBRAS EN LEVANTE

CAPITULO V

No sintió la menor conmoción al despertar en la cripta. No le disgustó el frío del ambiente, ni el hedor procedente de los nidos de ratas, ni el polvo centenario de la mazmorra, ni saber que estaba muerto pero vivo a la vez.
Tampoco le embargó el menor asco cuando salió a alimentarse por primera vez de sangre humana, ni le pareció una obscenidad disfrutar tanto al apropiarse del alma y de la vida de lo que antes fuera un semejante. Simplemente era así, por derecho natural ; era lo que debía ser hecho y, además, gozaba sobremanera haciéndolo. Lo único que le irritó fue la parquedad del banquete, cuando tuvo que alimentarse de aquel escuálido leñador, al cual consumió como se sorbe una caña en un verano caluroso. Tampoco le molestó demasiado quemar su cadáver y enterrarlo en el suelo de una gruta apartada, en lo alto de la montaña. En todo caso, era siempre preferible no dejar la menor huella. Rousseau había dicho acertadamente que la fuerza de los vampiros estribaba precisamente en que nadie creía en ellos. En este sentido, cabía seguir alentando el mito, el escepticismo de los mortales.
Ahora sentía hambre nuevamente, pero tendría que esperar hasta saciar su apetito, cuando llegase a su vieja casa donde le esperaba ella ; entonces le ofrecería lo prometido y se saciaría a placer. No obstante, antes que todo ello tenía un asunto pendiente.
Cuando salió al exterior, escuchó en la noche el murmullo del viento, la suave quejumbre de los árboles, el paso manso de las aguas del río. Desde el pueblo llegó a sus oídos el toque de la campana de la iglesia, dando por finalizado el último servicio religioso.
Cuando Sanscoeur llegó a los límites del pueblo, era ya noche cerrada. Cuando se posó en el suelo recobró inmediatamente la forma humana. Le resultaba asombrosamente fácil, tan sencillo como pensarlo. En este caso el hecho seguía inmediatamente al pensamiento. Hacía una espléndida noche, clara, estrellada, con un pálido plenilunio, redondo como una hostia, en el centro del cielo, tan claro que las siluetas de los cipreses se recortaban con toda nitidez en el fondo opalescente del firmamento.
El vampiro superó fácilmente el alto muro del cementerio, de un solo salto y cayó grácilmente al otro lado, posándose suavemente sobre el césped del camposanto, tan suavemente como la mariposa que se posa en una flor. Se sentía muy a su gusto en aquel lugar, donde la muerte campaba por doquier, sobre el légamo pútrido de la gente enterrada, entre nichos y flores resecas, panteones polvorientos y cruces caídas y descuidadas. Aquello del poder de la cruz había sido un mero signo de la soberbia propia de los cristianos, pues para nada podía contrarrestar el ataque de un no-muerto, ningún poder tenía sobre seres de su naturaleza. Se trataba de una falacia, como muchas otras que circulaban escritas en libros y revistas, pero de escaso fundamento y credibilidad. De todas formas, a él le convenía que la gente pensase en todas esas tonterías, porque así su vida estaría completamente asegurada. Pero alejó de su cabeza estas estúpidas cavilaciones y encaminó sus pasos al ala este del cementerio, porque había ido allí para hacer algo en concreto, para hacer una visita que su exigua parte humana reclamaba. Deseaba estar con ella nuevamente, ver la tumba de su madre.
Delante del nicho, frente a la lápida de mármol gris que mostraba su daguerrotipo, sintió la misma frustración y rabia que experimentó siete años atrás, cuando la encontró caída en el rellano de la escalera, donde la muerte la agarró, bajo la forma de un derrame cerebral.
Ella era entonces una mujer mayor y ajada, pero le sobrecogió su súbito fallecimiento, como le atormentaron los seis días de coma antes de que se separasen in terris. Fue el día nueve de Mayo, a las siete y veinte de la madrugada. Ella cumplía años, ochenta y uno el seis de ese mismo mes y pronto sería el día de la madre ; el cava se quedó en la nevera, las ilusiones permanecieron en el ayer, el dolor se posesionó del hoy y del mañana. Lo que más le disgustó, sin embargo, fue la patente falta de tiempo : hubiera deseado tener un año más para estar con ella, para decirle todo lo que le quedaba por decir, para hacer todo lo que no había podido hacer ; sí un año más, una semana más, tan solo un minuto más... La había contemplado desmadejada en la cama y había podido ver lo anciana que era, golpeada por la enfermedad, moribunda, sin el menor acicalamiento, reflejando en cada arruga de su piel el ineluctable paso de los años. Sin embargo, era para él la más hermosa de las mujeres, la más amada cuanto menos. Besó sus pies y besó sus labios meñiques y resecos, y sus mejillas se anegaron de lágrimas, mientras le decía que la quería, que le agradecía el don de una vida que no amaba pero que tenía que vivirla y que no la olvidaría, que se volverían a encontrar en la otra vida, más allá de los límites del espacio y del tiempo conocidos, en el universo de la esperanza o en el mundo de los sueños. Le dijo todo esto abriéndole los ojos, mirando a su interior azul y límpido todavía, con la certidumbre de que ella le oía, de que ella le veía, con la seguridad de que sus palabras eran recogidas por su alma al otro lado de la frontera de la vida. Después expiró, en el amanecer del día siguiente, al alba. Sintió en su cara su último suspiro porque estaba frente a ella, cara a cara, mirándola obsesivamente, tratando de aprehender aquel último momento o de detenerlo. Era el postrer aliento, el acabóse del hálito vital, del ruâh hebraico. La vida se le apagó en los adentros y algo pareció irse con su soplo último, algo que iba a otro lugar, el alma quizás que se liberaba de su atadura terrenal. El estaba seguro de haberlo visto, de haberlo palpado, de haberlo vivido, mientras trataba de convencerse de que todo aquello estaba sucediendo en realidad y trataba de encontrar en su pecho una razón suficiente para seguir viviendo.
Si él hubiese sido el de ahora hubiera detenido sin dificultad el avance de la muerte y le hubiera proporcionado el don de la vida en un abrir y cerrar de ojos. Pero era tarde, ella estaba muerta y solamente podía intentar hablarle a través de sus restos, de sus pobres despojos humanos, de su noble calavera. Había intentado viajar al astral y encontrarse con ella, pero existía un sello protector que le impidió el paso ; quizás ella no desease verle ahora, su fe no le permitiese contemplar cara a cara a aquel ser repudiado por Dios y odiado por los hombres. Se esforzó no obstante para encontrar el menor signo de comunicación en aquella tumba y nada sucedió. Todo estaba quieto, inmerso en un silencio absoluto y sobrecogedor. Sintió nuevamente aquella rabia e impotencia que había experimentado el día en que la perdió para siempre, pero se fue tranquilizando poco a poco, al pensar que tal vez ella no desease verle o quizás su dios no se lo permitiese. Permaneció todavía allí unos minutos, triste, cabizbajo. Tal vez en un futuro lo intentase de nuevo. No se movió apenas, hasta que la sed le empujo nuevamente a pensar en ella, en aquella que aguardaba en la casa solitaria, y que había salido en esos instantes al balcón para respirar aire fresco. Se detuvo a escuchar en la noche los signos inconfundibles de su presencia : el olor de su piel, el pulso de la sangre corriendo deliciosamente en las venas, su respiración agitada anhelando el momento definitivo.
Ella inclinaba su cuerpo sobre el balcón intentado otear en el corazón de la noche algo ansiosamente esperado. A lo lejos sonó el aullido del lobo y ella estuvo segura de que un animal de esta especie estaba cerca, aunque hacía más de un siglo que no se cazaba ningún ejemplar en la comarca. Entonces, de improvisó, tuvo la sensación de que alguien la observaba y fue una sensación tan extraña que, pese a saber que el deseo de su vida iba a ser cumplido, no pudo evitar ser presa del pánico. Se volvió y miró a su espalda y, entonces, le descubrió mirándola. Parecía flotar en el aire. Con los brazos abiertos y los ojos lucientes, como carbones encendidos. Estuvo a punto de dar un grito, retrocedió unos pasos, al tiempo que él caía sobre ella, con la capa flotando a su espalda, como alas de murciélago, y le cogía la mano.

Salvador Alario Bataller

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OBRA PUBLICADA A)CIENTÍFICA: 8 libros de Psicoterapia y Sexología (editorial Promolibro, valencia). 36 artículos especializados en diversas revistas (redactor de Cuadernos de Medicina Psicosomática y Psiquiatría de Enlace, www.editorialmedica.com, y los artículos y otros textos se relacionan en la web). B)NARRATIVA: “La conciencia de la bestia”, edición privada, finalista (de los 15 finalistas) del Premio Planeta de Novela de 1997. “La ciudad desvanecida”, relato seleccionado por concurso de la revista Escribir y Publicar en su editorial Grafein Ediciones, Colección Escritura Creativa, integrante del volumen de cuentos ASI ESCRIBO MI CIUDAD (2001). “Descensus ad Inferos”, lo mismo que antes, pero este cuento pertenece al libro de cuentos “32 MANERAS DE ESCRIBIR UN VIAJE” , Grafein Ediciones (2002). “Maltidos. La Biblioteca olvidada”, Iván Humanes Bespín y Salvador Alario Bataller, Grafein Ediciones, Barcelona, (2.006). "101 coños, Ilustraciones y breves" (2008), Carlos Maza Serneguet, Salvador Alario Bataller e Iván Humanes Bespín. Ilustraciones de Vanesa Domingo Montón, Grafein Ediciones, Barcelona. "Antología Iberoamericana de MIcrorelatos" (2008),coautor, Ediciones Lord Byron, Madrid (en prensa) La acre lácrima (2006), novela, en http://www.lulu.com/alario7 Un estudio crítico del Necronomicón Apócrifo (2006), ensayo, en http://www.lulu.com/alario7 Las aventuras carpatianas del profesor Exhorbitus (2006), novela, autoedición, en http://www.lulu.com/alario7 Astrum Argentum . La vara del mago (biografía novelada de Aleister Crowley) (2006), novela, en www.lulu.com, en http://www.lulu.com/alario7 El murciélago monstruoso (2006), novela, en http://www.lulu.com/alario7 Nunca volví de cuba (2007), novela, en www.lulu.com, http://www.lulu.com/alario7 Cuentos en www.narrativas.com: Espejos (2007), Los pequeños (2007). La angustia última (2008). Lo que trajo la noche (2008). OBRA INÉDITA: Las nocturnidades de don Arturo del Grial, (2002), novela. Los ojos del moro (2003), novela. El doctor amor y las mujeres (2006), novela. La trama sináptica (2007), novela. Historias de amor, muerte y trascendencia (2007), novelas (dos novelas breves relacionadas). Los estados intestinales (2007), novela. Cuando cazaba pelos (2008), novela breve Cuentos completos (1999-2008) Blogs: http://clinica-psicomedica.iespana.es http://alario1.blogspot.com http://undostrescuentos.blogspot.com http://undostrescuentos2.blogspot.com http://elloboylaluna.blogspot.com http://lasnocturnidades.blogspot.com http://nohaymentesincerebro.blogspot.com
 

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